La niebla había descendido de madrugada. Al abrir la puerta me la encontré de cara como un muro. Más allá de él, nada. Ni camino ni bosque. Creí arriesgado salir en busca de víveres. Hasta el pueblo son dos kilómetros por una trocha de la que es fácil desviarse. Me habían hablado de otras nieblas persistentes, famosas por la muerte de algún guarda o la pérdida de rebaños enteros. Esta debía ser una de las que se recuerdan. Cerré la puerta. Fui a mirar en la alacena y calculé que racionando las existencias tenía para aguantar seis días. Al tercero, sin embargo, harto de mirar por la ventana, salí. Por poco despierto que sea uno, me dije, seguir el trazo marcado por una senda no exige mayor esfuerzo que el mirar al suelo todo el rato. Me calcé un jersey de lana grueso y unas botas y cargué la mochila. Pero tras los primeros pasos me arrepentí. ¿Qué querencia era esa cuando la razón íntima de mi apartamiento había sido precisamente huir del trato humano? Desanduve, pues, lo andado. Pero bastó tan breve ausencia para que hallara la casa llena de espectros tan sorprendidos como yo.
martes, 21 de febrero de 2012
espectros
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