martes, 21 de febrero de 2012

espectros

La niebla había descendido de madrugada. Al abrir la puerta me la encontré de cara como un muro. Más allá de él, nada. Ni camino ni bosque. Creí arriesgado salir en busca de víveres. Hasta el pueblo son dos kilómetros por una trocha de la que es fácil desviarse. Me habían hablado de otras nieblas persistentes, famosas por la muerte de algún guarda o la pérdida de rebaños enteros. Esta debía ser una de las que se recuerdan. Cerré la puerta. Fui a mirar en la alacena y calculé que racionando las existencias tenía para aguantar seis días. Al tercero, sin embargo, harto de mirar por la ventana, salí. Por poco despierto que sea uno, me dije, seguir el trazo marcado por una senda no exige mayor esfuerzo que el mirar al suelo todo el rato. Me calcé un jersey de lana grueso y unas botas y cargué la mochila. Pero tras los primeros pasos me arrepentí. ¿Qué querencia era esa cuando la razón íntima de mi apartamiento había sido precisamente huir del trato humano? Desanduve, pues, lo andado. Pero bastó tan breve ausencia para que hallara la casa llena de espectros tan sorprendidos como yo.

martes, 31 de enero de 2012

tiempo ido

En ocasiones sucede que el tiempo parece no haber transcurrido. Ayer mismo, acuciado por la necesidad de aliviar la presión en mi vejiga, se me ocurrió subir a un café que frecuentaba hace mucho para, luego de asomarme al abismo del urinario, tomar una cerveza sentado a una de sus mesas. El local se conserva exacto a como era antes, su propietario el mismo, otros los camareros, mismas mesas de mármol e iguales sillas. Mis movimientos, al atravesar el recinto, también fueron parecidos, y no cambié de costumbre al decidir acomodarme junto a una de las ventanas, a mitad de camino entre la televisión encendida y una chimenea sin usar al otro extremo. Sólo estaba ocupada una de las mesas. Dos personas, un adulto y un niño, jugaban una partida de ajedrez. Saqué un libro de mi bolsa. Una novela de Juan Gabriel Vásquez de la que empecé a leer los primeros párrafos. Otro gesto antiguo. Me vi en ese mismo lugar veinte años antes, cuando aún estudiaba y en vez de enfrascarme en la lectura de los manuales de lingüística lo hacía en la de las obras de autores a los que veneraba. También entonces pedía una mediana Estrella. La diferencia más notable: el hecho de que no hubiera la concurrencia numerosa de aquella época. Aunque poco después, mediada la cerveza, empezaron a entrar clientes; y próximo el reloj a dar las nueve, buena parte del local ya estaba ocupado y el bullicio tal que el de antes. Cuál no fue mi sorpresa cuando en ese momento vi entrar a dos amigas de las que conformaban, junto conmigo y una docena más de personas, uno de los grupos que las tardes del fin de semana pasábamos un puñado de horas metidos en la cafetería compartiendo conversación, bebida y un entusiasmo cada vez más amortiguado hacia lo que pudiese depararnos la vida. Fue, al verlas, como si los veinte años transcurridos se hubiesen esfumado sin más.

martes, 3 de enero de 2012

la mentira

Hubo un tiempo en el que cualquier historia era capaz de arrastrarme tras ella, posiblemente porque mi propensión facilitaba que las palabras pudiesen envolverme y, como un viento, llevarme consigo a otros parajes sustentados sobre la mentira pareja a toda ficción. Era una época en la que las preocupaciones eran otras, otros los intereses, y no afectaba tanto en el ánimo los pareceres que uno se ve obligado a oír y las circunstancias a las debe sujetarse quieras o no. Las lecturas, irremediablemente, acaban contaminadas. No me explico si no de otro modo que me haya ocurrido estos días que tres novelas sucesivas, de autores a los que he seguido estos años con verdadera pasión, se me hayan antojado poco sugerentes. Demérito mío, en cualquier caso; lo cual me lleva a pensar que ante la adversidad no vale ya refugiarse en la literatura como hasta ahora, sino huir de ella para no permitir que el barro que ensucia el espíritu salpique las palabras que tanto bien hacen cuando uno se acerca a ellas con sed y no, en cambio, asqueado de lo real. Que no me ocurra que, al contrario que a Don Quijote, la verdad se me imponga sobre la mentira.

sábado, 31 de diciembre de 2011

cleptomanía crónica

Se agenciaba todo lo que caía en sus manos. Luego el trabajo era hacerle saber que las cosas tienen su propietario. Junto a la de robo, es ésta una noción que difícilmente llega a entenderse con cinco años. Le afeábamos su actitud, le castigábamos encerrado en su cuarto, pero las posibilidades de éxito a esa edad son más bien exiguas. Pasados unos días le sorprendíamos de nuevo con algún artilugio ajeno en su cartera. Llegó a desesperarnos. No sabíamos qué hacer y recurrimos a un psicólogo. Cleptomanía crónica, sentenció. Nada que aconsejar salvo llevarlo a una escuela especializada. En ella podían aplicarle un tratamiento adecuado a su dolencia. Hicimos oídos sordos. Siguió en su escuela de siempre, superó con matrícula de honor el bachillerato, y a los veintitrés años era un prometedor abogado con bufete propio. De tarde en tarde, en Navidad y vacaciones, nos enseñaba el botín de sus recaídas. Era un modo de expiar su culpa. Aguantaba estoico las recriminaciones y volvía al trabajo con el alma limpia. Ahora se dedica a vender su imagen en un partido de centro. La abogacía le ha permitido hacerse popular entre los políticos. Está logrando muchos puntos. Sus adversarios le acusan de ser un ladrón. Él no lo desmiente. La ambigüedad es en política lo que el regate al fútbol, dice en casa. En eso le doy la razón. Su madre, más pragmática, acoge de buen talante las joyas con que la obsequia, y no se pronuncia.

lunes, 26 de diciembre de 2011

verano

Tiendo a mitificar al escritor que me gusta. Lo envuelvo en un aura que lo hace un ser distinto al resto. Quien es capaz de levantar una historia sobre los simples cimientos de una lengua, pienso que merece ser tenido por distinto en el mejor sentido. Hablo de escritores literarios. De aquellos que se empecinan en hacer de la palabra un material que genere belleza. Coetzee es uno de ellos. Leo su obra Verano y siento una desazón extraña. Me está tomando el pelo. Se burla de esa tendencia mía a hacer de la labor literaria un acto que convierte al hombre o mujer que lo realiza en representante de una raza que no es humana, pero tampoco divina. En la antigüedad los llamaban héroes. Coetzee ha escrito este libro para que yo lo lea. Pretende desengañarme. Olvídate del autor, parece decirme, piensa sólo en su obra y reniega de quien la hizo posible. Su modo de comunicármelo es simple y al mismo tiempo muy complejo. Es una novela donde prevalece la antítesis. El gran escritor se presenta a través del recuerdo de otros. Coetzee ha muerto. Un periodista recopila información para escribir una biografía suya. Habla con cinco personas que tuvieron cierta importancia en su vida. Lo que dicen de él no es halagüeño. Coetzee, ganador de un premio Nobel, fue un sujeto gris, un pésimo amante, un profesor del montón. Pero ¿es todo esto cierto? ¿Puedo fiarme de Coetzee? ¿Lo puedo hacer del periodista que transcribe sus conversaciones con quienes él considera fueron importantes en la vida del escritor, cuando, según confiesa, no quiso entrevistar al propio Coetzee por miedo a sentirse condicionado por él? La duda cabe. Pero me niego a aceptarlo. No creo en estas confidencias. Hay mala fe en las preguntas y los testigos aprovechan para decir más de la cuenta. Luego querrán leer la entrevista antes de ser publicada, pero el periodista traiciona su confianza. Todo muy sospechoso. Esto es lo que ocurre, parece que me dice el autor, cuando queremos hurgar donde no debemos. ¿No nos basta la obra? ¿Debemos desenterrar las raíces para poder admirar la nobleza del árbol?

martes, 20 de diciembre de 2011

¡miau!

El hombre íntegro. El funcionario entregado a su labor con probidad contrastada. Cesado de su puesto por defender sus ideales contrarios al gobierno presente. Villaamil confía. Villaamil se engaña negando su inquietud, negando la necesidad que tiene de regresar a su hábitat natural: el Ministerio de Hacienda. Necesita el dinero. Su familia no ha sabido administrar el que les iba llegando. Siempre a la última. Galas y perifollos, entradas al teatro y buenos manjares. El despilfarro como filosofía. No hay mañana. Lo que puedas comprar hoy no lo dejes ajarse en el escaparate. Pero la vida tiene sus altibajos. Qué más quisiera el pobre hombre que conducir su destino por los caminos rasos de la abundancia. Si al menos tuvieran unos ahorrillos... Pero qué se puede hacer con las insaciables Miau. Sus tragaderas son anchas y profundas y se niegan a aceptar la evidencia. Ya no hay préstamos. Los amigos se han cansado de socorrer a quienes tan mal usan su auxilio. Es lo que trae vivir por encima de las posibilidades. La realidad acaba imponiéndose. La fea realidad ensaya sus muecas y nos achica. Vivimos de quimeras. Como un Quijote listo a dar el paso definitivo, Villaamil comprende y acepta. No ha sabido frenar la furia consumidora. Él mismo, mal que le pese, ha jugado a ser quien no es en una familia entregada al disfraz y cariada por el derroche. Su decisión última parece consecuente. Pero el narrador es cruel, y lo que podría haber sido un fin digno, la rúbrica a una vida de sumisión consciente al dispendio, lo transforma en un acto de lo más bufo, de lo más triste.

domingo, 11 de diciembre de 2011

aptitud extraordinaria

Encarecer la habilidad de un personaje de modo indirecto puede hacerse a través de otro personaje y de este modo justificar el valor de toda una obra, cuya existencia se debe precisamente a esa habilidad extraordinaria. Si no fuera porque Gabriel Araceli guarda un recuerdo exacto de cuanto vivió, la primera serie de los Episodios Nacionales, desde Trafalgar a La batalla de los Arapiles, no habría existido como testimonio o crónica en primera persona (excepción de Gerona, en la que no aparece Gabriel, pero en la que intervienen distintos puntos de vista que cuentan lo acaecido en la ciudad catalana). Galdós se habría visto forzado a narrar entonces desde la tercera, lo cual resta verosimilitud, si bien añade objetividad. Dado que la distancia cronológica entre lo hechos y el momento en el que don Benito decide explicarse su presente, invita a inventar un narrador interno, qué mejor ocurrencia que poner en boca de otro personaje el elogio de la cualidad digna de encomio, si bien el uso que pretende hacerse de ella nada tiene en común con el de la escritura, ¿o sí? En cierto momento, Amaranta, nombre anacreóntico que oculta la identidad verdadera de una dama de la corte que Gabriel quiere mantener en el anonimato, le pide a éste ser su criado, pues conoce su "capacidad de observación", "su extraordinaria aptitud para retener en la memoria los objetos, las fisonomías, los diálogos y cuanto impresiona tus sentidos, pudiendo referirlo después puntualísimamente." Con este talento, no es de extrañar que el caballero Araceli, en su vejez, decida dar salida a sus infortunios y placeres por medio de la palabra escrita. No en balde la literatura no deja de ser una aptitud; y, sobre todo, una actitud ante la vida.

sábado, 3 de diciembre de 2011

cine a solas

Lo mejor de ir al cine a solas es que, cuando la pantalla se queda en blanco y el público empieza a desfilar hacia la salida, te puedes encontrar que está lloviendo y es de noche, y que la impronta que las imágenes han dejado te perdura más tiempo, sobre todo si acudes a ver una película francesa persuadido por las palabras de un crítico que la tachó de sublime en tanto que exponente de un tipo de realización en la que no importa la historia en sí, sino el modo en el que el paso del tiempo queda atrapado en el celuloide, de tal suerte que la sucesión de imágenes y el fluir pausado de los acontecimientos que observamos coinciden milagrosamente, más aún, logran que el ritmo o tempo interno de quien la observa se contagie del suyo, por lo que durante más de una hora lo que sucedió en la pantalla sucedía en mí y no ocurrió como otras veces que la sensación de haber formado parte en lo narrado queda dentro del cine, sino que la lluvia, el olor de la lluvia y las calles vacías, propició que siguiera presente, como en conserva, la impresión de vivir fuera de la realidad al ritmo de 24 imágenes por segundo, así que cuando llegué a casa y vi que ella me aguardaba, como en la película, embutida en una bata que al sentarse le dejaba los muslos desnudos, no me asombró, lo achaqué al nudo prieto en la misma boca del estómago, igual al que se forma cuando al despertar de un sueño compruebas que el corazón te late furiosamente y piensas que por poco no te quedas en él.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Comella y el marqués

Uno de los asombros que procura Galdós es la acumulación de personajes, el modo en que va llenando su saca literaria de hombres y mujeres de toda condición, ya sean petimetres o de sangre augusta, ya pobres diablos, poetastros que se alimentan de casquería, modistillas salaces, afiladores con ingenio, mozos despiertos cuya capacidad de retención les posibilita luego escribir sobre lo que presenciaron y vivieron en carne propia.Toda esta colección de tipos confiere a su obra una vitalidad inusitada, pues vemos agitarse ante nuestra mirada atenta un mundo en continuo movimiento en el que todos, mucha o poca, tienen voz para expresar lo que piensan respecto a lo que sucede en torno o les inquieta; siendo los personajes que se engañan a sí mismos, pensando que lo que hacen o dicen es imprescindible -cuando en verdad son ignorados de manera flagrante la mayoría de veces-, los que conmueven más en mi opinión. Sirva de ejemplo el marqués de La corte de Carlos IV, diplomático, nombrado por Floridablanca, sostenido luego por Aranda, y despachado al fin por Godoy (al que guarda un rencor apasionado), que, lejos de advertir su incapacidad para estar al día de lo que sucede en la Corte, cosa que los demás sí saben, da a entender, a quien quiere seguirle el juego, que nada se le escapa y que si calla es por interés de la Nación; así que sus labios permanecerán sellados por mucho que le insistan en preguntarle por los asuntos intestinos de Palacio. De igual catadura es Comella, autor dramático enemigo de las normas que han encumbrado a Moratín, convencido de que la escena no debe ser reflejo de lo que sucede en la calle, ni vehículo para enseñar deleitando los errores de la educación imperante, sino partidario de la altisonancia y el aspaviento que él representa. Gran autor se pierde el público, proclama al oído del narrador, y entre tanto no le queda más remedio que alimentarse de menudencias inmundas que no dan sino sinsustancia y caldo aguado.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Iman Maleki

Siento cierta fascinación por un pintor realista iraní de nombre Iman Maleki, pues sus cuadros recogen escenas, y figuras por lo común solas, a las que envuelve en una atmósfera de placidez lumínica que logra que los rostros y manos y pies que retrata queden embellecidos, como si los cubriera una pátina divina y quisiera glorificar los cuerpos. Son escenas cotidianas o bien primeros planos de hombres, mujeres y niños que miran los ojos del espectador, tocan un instrumento, cepillan su pelo, o leen relajadamente un libro. Son éstas, las que tienen los libros como tema, las que más me atraen, con las que siento que junto a la mera lectura hay otros goces asociados a ella como pueden ser la soledad que requiere, la languidez, un interés compartido, el abandono de toda realidad próxima hasta el punto de ser parte de la historia inventada; el uso del libro como simple objeto y, pese a todo, que nos contagie su presuntuosidad transmutado en avión de papel, o pájaro o barco...